Codicia, egoísmo y envidia
La CODICIA –o avaricia- hacia el dinero, o cualquier proceder que persiga poderío en general, siendo con obsesión desde lo muy personal, siempre será poderosa razón para que alguien sea incluso capaz de haber de asesinar a personas de su sangre... Tal codicia que peores males puede generar cuando con egoísmo y con envidia han de combinarse. La codicia es una plaga presente en la Tierra desde los albores de la Humanidad. Mírese nomás lo que se habla de Adán y Eva por querer comer "el fruto prohibido". Ni se diga la codicia del Diablo, que habiendo sido ángel de Dios quiso derrocarlo –y que en gran medida por desgracia lo ha conseguido-.
Codicia que no sabe de origen étnico, ni de estrato social, ni de ideología, ni de religión, ¡de nada! Codicia que suele camuflarse de superación personal, e incluso de progreso colectivo. Codicia misma que hay quienes la perciben dizque como "virtud". Bueno, virtud siempre y cuando sea produciendo beneficios personales o de carácter común o social prescindiendo de incurrir en la ilegalidad o en cualquier proceder de naturaleza criminal. Codicia que en pos de acumular riquezas, privilegios y poderío en general, acaba siendo una descomunal barrera para que los humanos podamos vivir en armonía, en sagrada paz.
Codicia que no sabe de origen étnico, ni de estrato social, ni de ideología, ni de religión, ¡de nada! Codicia que suele camuflarse de superación personal, e incluso de progreso colectivo. Codicia misma que hay quienes la perciben dizque como "virtud". Bueno, virtud siempre y cuando sea produciendo beneficios personales o de carácter común o social prescindiendo de incurrir en la ilegalidad o en cualquier proceder de naturaleza criminal. Codicia que en pos de acumular riquezas, privilegios y poderío en general, acaba siendo una descomunal barrera para que los humanos podamos vivir en armonía, en sagrada paz.
Codicia por la que abundan las evidencias de incluso haber homicidios contra la misma parentela. ¡Qué asco la codicia causándole perjuicios a cualquier prójimo! Codicia que no surge solo por la pobreza, sino se da también por eso de que "quien más tiene más quiere" (avaricia). Codicia que no se aleja de renunciar a la solidaridad, precisamente cuando aquella es "todo y lo mejor sea para mí, y a los demás que se los lleve el Diablo; que se jodan por ser problemas ajenos que no me importan" (¡ojo, que aquí aparece el egoísmo!)... Codicia –entre miles y miles casos- cuando, por ejemplo, alguien le agrega agua a la leche "para que rinda". O, ¡por Dios!, cuando los de la funeraria ruegan ¡que haya muchos muertos! O los vendedores de sombrillas y paraguas implorando ¡que a diario mucho llueva! Codicia que por lo general no llega a un límite de "ya logré lo suficiente". Pues por eso, en especial, es que se llama codicia (o avaricia); que, recalco, no deja de ser caldo de cultivo de distintos procederes corruptos, criminales en sí. Suficiente lo anterior para dejar al desnudo lo maligno de la codicia y de todos los demás males desprendidos de su esencia.
Se relaciona el EGOÍSMO con la codicia, no haya duda. No descartando que haya personas codiciosas que a la par puedan ser solidarias. Es decir, que compartan riquezas o poderes. Sin embargo, pese al espíritu solidario merecedor de aplausos, queda el pecado de la codicia. Que será como aquello de que "peco, y porque rezo empato"... Bueno, miremos un poco sobre el egoísmo: hay quienes, además de también creerlo una virtud, lo confunden con amor propio, con dignidad, con carácter o incluso con la necesidad legítima de luchar por lo que se quiere. Pero una cosa es defender nuestros intereses y otra es creer que aquellos deben estar siempre por encima de los demás. Pues, ¡cómo no!, hay salvedades; situaciones que obligan a pensar primero y más en otros que en nosotros mismos. Se ve en este caso, entonces, cómo la solidaridad se impone ante el egoísmo.
La persona que comulga con el egoísmo suele construir su vida alrededor de una palabra muy pequeña en la que pueden caber muchas cosas indeseables: “Yo”. Que puede ser: yo quiero, yo necesito, yo merezco, yo tengo la razón, yo debo ser reconocido... yo y solo yo... Cuando ese “yo” ocupa demasiado espacio deja, pues, poco lugar (o ninguno) para los demás: para sus necesidades, derechos, sentimientos, opiniones, aspiraciones; para su dignidad... El problema del egoísmo no es apenas querer algo para uno mismo. El verdadero problema aparece cuando, para conseguirlo, estamos dispuestos a ignorar, utilizar o perjudicar a los demás. Una sociedad dominada por el egoísmo se vuelve inevitablemente más injusta, más indiferente. El poderoso quiere conservar su poder, y hasta perpetuarse; el rico, acumular más riquezas; y el ciudadano común puede terminar pensando que mientras él esté bien nada o poco le importa lo que ocurra con los demás.
También el egoísmo aparece en las relaciones personales: está en quien solamente busca a sus amigos cuando necesita algo de ellos, en quien exige comprensión pero nunca comprende, en quien quiere ser escuchado pero jamás escucha, en quien reclama fidelidad mientras es incapaz de ser fiel; en quien espera recibir afecto, respeto y consideración, pero no está dispuesto a ofrecerlos. Y quizás lo más preocupante sea que el egoísta rara vez reconoce su propio egoísmo. Siempre encuentra una justificación. Dice que si piensa primero en sí mismo es porque considera que "a lo mejor nadie más lo hará por él", que "no tiene por qué preocuparse por los demás", o que "cada persona es quien debe resolver sus propios problemas". Pues así lo que es una carencia moral, o antivalor, queda convertida en una supuesta "filosofía de vida". ¡Oigan ese corrinche!
Prosigo con la ENVIDIA: nada complejo relacionarla con la codicia y el egoísmo. No obstante, digo que en especial les encuentro consonancia en cuanto a que la envidia –además de por igual ser un antivalor, o pecado- a menudo implica sentimientos que se circunscriben a lo muy personal de la codicia y del egoísmo. Para no ir lejos, como dice un proverbio: “Tal hay que se saca un ojo por querer que alguien que no sea él se saque dos”. O más preciso, como casos haberlos: “Quemo mi rancho para que se incendie la mansión de mi vecino” –cosas anteriores que huelen a malignidad-. Por supuesto, ideal que haya envidia de la buena cuando signifique, por ejemplo, superar lo bueno que alguien haga o tenga, sin tener que hacerle daño a él, a nadie; sin acciones criminales emprender”. O sea, envidia como un aguijón o estímulo para uno a los ojos de Dios prosperar.
Seguro que la codicia, el egoísmo y la envidia son capaces de desfigurar profundamente el carácter humano, capaces de desalmar a las personas que las ponen en práctica. La codicia empuja a querer siempre más y más, sin importar a qué precio conseguirlo. El egoísmo sitúa el interés individual o propio por encima de intereses de prójimos. La envidia envenena la mirada hacia el bien ajeno, convirtiéndolo en motivo para que se manifieste un resentimiento nada lejano de desembocar en cosas peores o fatales... Puede concluirse, en consecuencia, que aquella trilogía suele ser una de las principales causas de numerosas desgracias que acechan a la Humanidad; y a la Naturaleza cuando es saqueada, depredada. De ahí, pues, que ojalá desde el hogar se inculquen principios y valores que impidan incurrir en aquellas porquerías comportamentales.
Se relaciona el EGOÍSMO con la codicia, no haya duda. No descartando que haya personas codiciosas que a la par puedan ser solidarias. Es decir, que compartan riquezas o poderes. Sin embargo, pese al espíritu solidario merecedor de aplausos, queda el pecado de la codicia. Que será como aquello de que "peco, y porque rezo empato"... Bueno, miremos un poco sobre el egoísmo: hay quienes, además de también creerlo una virtud, lo confunden con amor propio, con dignidad, con carácter o incluso con la necesidad legítima de luchar por lo que se quiere. Pero una cosa es defender nuestros intereses y otra es creer que aquellos deben estar siempre por encima de los demás. Pues, ¡cómo no!, hay salvedades; situaciones que obligan a pensar primero y más en otros que en nosotros mismos. Se ve en este caso, entonces, cómo la solidaridad se impone ante el egoísmo.
La persona que comulga con el egoísmo suele construir su vida alrededor de una palabra muy pequeña en la que pueden caber muchas cosas indeseables: “Yo”. Que puede ser: yo quiero, yo necesito, yo merezco, yo tengo la razón, yo debo ser reconocido... yo y solo yo... Cuando ese “yo” ocupa demasiado espacio deja, pues, poco lugar (o ninguno) para los demás: para sus necesidades, derechos, sentimientos, opiniones, aspiraciones; para su dignidad... El problema del egoísmo no es apenas querer algo para uno mismo. El verdadero problema aparece cuando, para conseguirlo, estamos dispuestos a ignorar, utilizar o perjudicar a los demás. Una sociedad dominada por el egoísmo se vuelve inevitablemente más injusta, más indiferente. El poderoso quiere conservar su poder, y hasta perpetuarse; el rico, acumular más riquezas; y el ciudadano común puede terminar pensando que mientras él esté bien nada o poco le importa lo que ocurra con los demás.
También el egoísmo aparece en las relaciones personales: está en quien solamente busca a sus amigos cuando necesita algo de ellos, en quien exige comprensión pero nunca comprende, en quien quiere ser escuchado pero jamás escucha, en quien reclama fidelidad mientras es incapaz de ser fiel; en quien espera recibir afecto, respeto y consideración, pero no está dispuesto a ofrecerlos. Y quizás lo más preocupante sea que el egoísta rara vez reconoce su propio egoísmo. Siempre encuentra una justificación. Dice que si piensa primero en sí mismo es porque considera que "a lo mejor nadie más lo hará por él", que "no tiene por qué preocuparse por los demás", o que "cada persona es quien debe resolver sus propios problemas". Pues así lo que es una carencia moral, o antivalor, queda convertida en una supuesta "filosofía de vida". ¡Oigan ese corrinche!
Prosigo con la ENVIDIA: nada complejo relacionarla con la codicia y el egoísmo. No obstante, digo que en especial les encuentro consonancia en cuanto a que la envidia –además de por igual ser un antivalor, o pecado- a menudo implica sentimientos que se circunscriben a lo muy personal de la codicia y del egoísmo. Para no ir lejos, como dice un proverbio: “Tal hay que se saca un ojo por querer que alguien que no sea él se saque dos”. O más preciso, como casos haberlos: “Quemo mi rancho para que se incendie la mansión de mi vecino” –cosas anteriores que huelen a malignidad-. Por supuesto, ideal que haya envidia de la buena cuando signifique, por ejemplo, superar lo bueno que alguien haga o tenga, sin tener que hacerle daño a él, a nadie; sin acciones criminales emprender”. O sea, envidia como un aguijón o estímulo para uno a los ojos de Dios prosperar.
Seguro que la codicia, el egoísmo y la envidia son capaces de desfigurar profundamente el carácter humano, capaces de desalmar a las personas que las ponen en práctica. La codicia empuja a querer siempre más y más, sin importar a qué precio conseguirlo. El egoísmo sitúa el interés individual o propio por encima de intereses de prójimos. La envidia envenena la mirada hacia el bien ajeno, convirtiéndolo en motivo para que se manifieste un resentimiento nada lejano de desembocar en cosas peores o fatales... Puede concluirse, en consecuencia, que aquella trilogía suele ser una de las principales causas de numerosas desgracias que acechan a la Humanidad; y a la Naturaleza cuando es saqueada, depredada. De ahí, pues, que ojalá desde el hogar se inculquen principios y valores que impidan incurrir en aquellas porquerías comportamentales.

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