Decidir de manera libre

Quede bien claro que cuando me manifiesto demostrando respaldo hacia determinadas aspiraciones es, obvio, procurando que ganen mis candidatos; como, igualmente, quieran quienes apoyen a otros. Lo ideal, en consecuencia, es que alrededor de aquello, y de insinuaciones a ojalá coincidir en los espaldarazos, se prescinda de recurrir a imposiciones o a coacciones. Es decir, en suma, que se respete la decisión de cada quien; a la par absteniéndose de procederes agresivos por causa de la no convergencia ideológica, o de decisión aun coincidiendo en lo ideológico (cosa que puede suceder cuando, por ejemplo, hay que elegir entre varios aspirantes de un mismo sector político).
Bueno, aprovecho para comunicar lo siguiente: el 31 de mayo del presente año hay elecciones en Colombia para elegir Presidente. Sabido es que en este momento hay uno elegido en 2022 como representante de la Izquierda, con respaldos de sectores políticos progresistas sin ser de Izquierda... Pese a que casi que desde inicio de la campaña ha punteado Iván Cepeda –él de la Izquierda Democrática-, hasta hoy, doblando en ventaja a los candidatos de la Ultraderecha, será en la urnas que se decida en primera o en segunda instancia –si es que la hay-.
Bueno, entonces, con respecto a lo del “decidir de manera libre”, insisto en que ser basura que la Derecha, percibiendo que el próximo presidente de Colombia será Iván Cepeda, recurra a la estrategia de sembrar miedo y violencia para presentarse como “la opción de acabar con la violencia y volver a instaurar la seguridad democrática” (aquel engendro que ocasionó millares de jóvenes masacrados en ejercicio de los horrorosos “falsos positivos”, con mayor ocurrencia en los dos desgobiernos del comandante no desmovilizado Uribe). ¡Barajo! Pero hace marras el Pueblo-Pueblo de Colombia sabe que no les darán resultados electorales los autoatentados ni los atentados terroristas de sus compinches. ¡Por Dios Todopoderoso que se quedarán con los crespos hechos! ¡Que nos haya de escuchar el Señor!
…Decidir –y más si es con libertad- es una de las particularidades más sagradas de la dignidad humana. Poder decir sí o no, aceptar o rechazar, respaldar o disentir, escoger un camino u otro, es parte principal de lo que significa ser libre. Cuando alguien busca cambiar nuestra voluntad por la suya no solo procura convencernos, sino también despojarnos nuestra capacidad de decidir.
En una democracia, cada ciudadano tiene el derecho de escoger, según su conciencia, sus convicciones, sus intereses y su propia valoración de las circunstancias, al candidato o proyecto político que crea de mayor conveniencia. También tiene derecho a cambiar de opinión, a no brindarle apoyo al aspirante que antes apoyaba, e incluso a equivocarse. Porque votar libremente también corresponde a tener la posibilidad de tomar una decisión que otros consideren equivocada.
El voto, reitero, no debería ser producto del miedo, de la intimidación, de la presión familiar, laboral, económica, política o social. Tampoco debería estar condicionado por nada que convierta la voluntad ciudadana en una mercancía. Por eso es reprochable que haya políticos que se crean con el derecho de decirle a la ciudadanía por quién debe votar; como si los electores fueran propiedad de un Partido, o de un líder político. El ciudadano no es ganado electoral. No pertenece a nadie.
Por supuesto, los Partidos pueden orientar, persuadir, proponer y defender sus ideas. Los candidatos pueden intentar convencer al elector con argumentos. Los líderes de opinión pueden dar a conocer públicamente sus preferencias. Pero persuadir no se confunda, no, con presionar. La persuasión respeta la libertad de los demás, y lo que hace la presión es querer doblegar esa libertad. En democracia debemos aprender a convivir con decisiones con las que no comulgamos. Es legítimo, en consecuencia, que haya personas que tomen decisiones distintas de las que nosotros consideramos convenientes, o las mejores. Eso se llama pluralismo.
No se minimice que resulta muy peligrosa la situación cuando alguien cree que quien piensa diferente es un enemigo al que hay que silenciar, deshonrar, perseguir, amedrentar e incluso aniquilar. Si eso sucede comienza a menoscabarse la democracia. La grandeza de la libertad –estrechamente asociada a la democracia- no es asegurar que los demás piensen como nosotros, sino defender su derecho a pensar diferente y a decidir por sí mismos; libremente, recalco.
¡Tolerancia –como respeto de decisiones o gustos- haya, pues, por los siglos de los siglos!
¿Otro guerrillero? No.
ResponderEliminarJajaja
Eliminar¿Guerrillero?... Pues nunca lo han enjuiciado ni condenado por eso. Entonces no calumnie, vago.
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