La Derecha es Belcebú

Abelardo de la Espriella
Desde culicagao comencé a saber que la ideología denominada “Derecha”, que puede pasar a ser “Derecha radical o ultraderecha”, ha sido proclive a negarles derechos a miles de millones de personas; que no solo desde gobiernos, sino desde la sociedad en general. Cuando pregono que “la Derecha es Belcebú” no creo equivocarme. Lo es por posar como concepción reaccionaria o retardataria o retrógrada o regresiva, o conservadurista, en especial en cabeza de oligarcas que proclama y desarrolla: esclavizar a las almas pobres –a los ubicados en lo más bajo de la pirámide social-, explotarlos, racializarlos para discriminarlos, menospreciarlos, oprimirlos de numerosas maneras. ¡En resumidas cuentas, deshumanizarlos!

Pues como reacción a lo anterior es que siempre reprocho que prójimos oprimidos por la Derecha acaben respaldándola en las urnas, o donde sea y como sea; como prueba, ¡ajá!, del más repulsivo masoquismo. O sea, es como de rodillas los subyugados besarles las manos y los pies a sus verdugos. ¡Miserables los opresores, y miserables los oprimidos que incluso los endiosan! Oprimidos a los que les niegan la merecida dignidad humana. Oprimidos que renuncian, por las conciencias alienadas, a esa dignidad que no la valoran y por eso mismo no la reclaman ni la salvaguardan.

Mencionar aquello da para recordar que no es paja ni una exageración manifestar que hay pobres que se comportan como si fueran miembros de la oligarquía, que ser lo que se ha conocido popularmente como el “síndrome de doña Florinda” –enunciado acuñado por el escritor y sociólogo argentino Rafael Ton, inspirado en ese célebre personaje de la comedia mejicana “El Chavo del Ocho”-. Eso en cuanto a lo de no siéndolo equipararse con los acaudalados, y a la par segregar y mirar por encima de los hombros a las almas de su misma empobrecida clase social; considerándolos, pues, “inferiores”. ¡Qué tal eso! C
onducta que terminó convirtiéndose en una metáfora del fenómeno social de marras: individuos que, pese a pertenecer a sectores populares, adoptan las actitudes, prejuicios y formas de exclusión o segregación muy propias de las élites.

Sí, aquellos por padecer el “síndrome de doña Florinda” idealizan o endiosan a los más privilegiados de la sociedad, y aborrecen a quienes comparten su misma condición económica o social en general. Se esfuerzan por aparentar un estatus que no poseen, buscando ser aceptados por quienes jamás los consideran parte de su círculo; por lo que aquellos encopetados suelen llamarlos “igualados”. Tal proceder que equivale a la negación de la propia realidad; y que implica que en cambio de identificarse con quienes pasan por problemas sociales similares, prefieren es construir una identidad ficticia basada en las apariencias. No siendo problema que con derecho se aspire a mejorar las condiciones de vida, sino que aquella aspiración se convierta en causa de desdén hacia quienes tienen el mismo origen o las mismas calamidades.

Prolongué mis palabras sobre el “síndrome de doña Florinda” porque, sin duda, aquel está –como lo señalo al comienzo de la presente publicación- estrechamente relacionado con la Derecha cuando los sumergidos en el mar de la pobreza, o de la miseria, se prestan para respaldarla y para consolidarla; siendo en especial por causa del hecho de pretender –las Florindas y los Florindos- parecerse a esos alabados “dioses” aunque sean, con precisión, sus verdugos.

Concluyendo: seguro que la Derecha es Belcebú, además de por ser enemiga de la justicia social y de la paz, por ser un riesgo palpable y enorme para la democracia; y es por su concepción fascista que la Derecha choca contra la muralla de los principios democráticos, que son los que deben ser aplicados para garantizar derechos y libertades; no para eso cercenarlo, ni para reprimir por reclamarlo y defenderlo cuando lo haya. No, pues, para consolidar desigualdades sociales. También es Belcebú la Derecha por querer mandar en todo. Por querer mandar siempre a las bravas, con irracional violencia sin medir las proporciones y consecuencias, con autoritarismo sin límites.

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